«Teníamos un techo sobre nuestras cabezas, y ahí empezó todo».
Cuando Paul y su hija pequeña, Madison, llegaron a Haven, no tenían a quién más recurrir. «Al principio daba un poco de miedo; había tantas familias que necesitaban ayuda», recuerda. «Pero teníamos un techo bajo el que vivir, y eso fue el principio de todo».
Paul recibió ayuda para gestionar su situación, vales para ropa, abonos de autobús y todo el apoyo que necesitaba para encontrar un trabajo estable. Con cada pequeño paso, la esperanza volvió. «El personal nunca se rindió con nosotros», dice. «Me ayudaron a volver a ponerme en pie y me recordaron que era posible que llegaran días mejores».
Hoy en día, Paul trabaja a tiempo completo en el departamento de mantenimiento, y él y Madison viven ahora en su propio piso de dos habitaciones. «Madison tiene su propia habitación y su propio baño, y le encanta», dice con una sonrisa.
La historia de Paul nos recuerda que, cuando la esperanza encuentra un hogar, las familias pueden reconstruir sus vidas.